10 enero, 2012

Era bueno saber que ninguna de las dos se necesitaban pero pasar tanto tiempo juntas influía en cada una de sus decisiones.

Aquella tarde hacía frío. Las nubes grises que se veían desde la ventana se desplazaban con rápidez por el cielo, como si un gigante soplase, desde le norte, con fuerza.

Cuando tus ojos y los míos se cruzaron sentí tu paso firme acercándose a mí.

En mi horizonte, tu figura, cada vez más próxima, aumentaba de tamaño. Inalterable y segura, te colocaste frente a mí. Con tu imagen tan cerca alcancé a reconocerme por dentro y presencié el mayor espectáculo de toda mi vida: en cuestión de segundos, aquella pequeña semilla que gestaba en mi interior, creció. Primero las raíces bajaban de la parte baja de mi estómago y se iban extendiendo hacia la planta de mis pies. Cuando las raíces secundarias alcanzaron las puntas de mis dedos, el tallo inició su desarrollo vertical a una velocidad inexplicable y se extendió hacia la parte elevada de mi pecho. Las hojas trepaban por mi garganta mientras incrementaban su volumen. A la altura de mi boca se fundó el tálamo. Envueltos por los sépalos, nacieron los pétalos. Medraban con tonalidades dispares pero siempre manteniendo un orden rítmico y equilibrado.

En el punto central de tus ojos podía ver reflejada aquella armoniosa energía que crecía en mí y me llenaba de verde y de mil colores.

2 comentarios a “”

  1. Anónimo Dijo:

    Lo que se dice una simbiosis perfecta…
    Hacía tiempo que no te oíamos…. enhorabuena tu regreso!!

    Saludos!!


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