La desconfianza

29 noviembre, 2010

Tuve que repetir varias veces en alto que ya no creía en fuegos artificiales. Por más que gritaba y gritaba ella no me creía a mi. Quizá su involuntario escepticismo me contagió.

Todo empezó aquella mañana de invierno en la que me confesaste que dudabas de si la música que se filtraba por la ventanilla del coche era en realidad música. Recuerdo que te respondí que sí pero tú no parecías convencida. Recuerdo también que ibas acurrucada en el asiento de atrás del monovolumen y tu cabeza estaba apoyada en el hombro de tu hermano que dormía. Intenté convencerte de mil maneras diferentes mientras los semáforos en rojo me advertían de que aquella era una batalla perdida. Preferí dejarlo pasar porque rebatías todos mis argumentos de una forma tan audaz que me dejabas sorprendida. Después de la música vino el mar y el viento, y la tierra que pisabas. Luego los olores y los sentimientos. Casi tres meses más tarde habías dejado de creer en casi todo y tus argumentos seguían siendo firmes y arriesgados.

Fue una noche de verano cuando dejé de creer en fuegos artificiales (y naturales). Y sentí los colores dentro de mí, retumbando. Y dejé de creer en el viento y me soplaba. Y en el mar y me salaba. Y en la tierra que ella pisaba.

Microrrelato publicado en el blog  “La esfera Cultural”

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