La mujer-mancha

24 abril, 2011

Le dio vida a una mancha de vino que se había derramado sobre sus sábanas. La convirtió en mujer. Alta, esbelta y despeinada. Lo cierto es que la mancha tenía forma femenina y ella la cuidó, la moldeó como más le gustaba. La movió por toda la habitación e incluso la metió en su cama.

Cada noche dormía abrazada a la mancha. El cuarto se llenaba de color y en silencio se besaban las dos mujeres como si todas las madrugadas se fuese a terminar el mundo. Era tal la energía del momento que las manos se le dormían y un cosquilleo hacía vibrar todas las paredes. La mancha- mujer era cariñosa y apasionada. Sus brazos eran tan largos que los abrazos se volvían eternos. Su cuerpo, moldeable, se hinchaba o desinchaba dependiendo de la necesidad de la otra.

Durante dos años las noches se transformaron en el único motivo de su existencia. Con impaciencia esperaba el momento de meterse en la cama y encontrar aquel caos pasional que a veces la paralizaba. Hasta que la mancha desapareció con el tiempo. Fue cambiando de color, se tornó grisácea y se desistengró. Ahí comenzó la perdición. Desesperada creaba mujeres y mujeres de otras salpicaduras diferentes pero la mancha-mujer original jamás aparecía. Involucrada en aquella búsqueda incesante no pudo percibir su presencia, aquella existencia que siempre estuvo allí, que nunca la dejó sola.

Cuando al fin dejó de llorar, sucedió. Sin saber cómo sintió que su estado primitivo se había modificado. La transformación fue cosa de segundos: su piel se disolvió extendiéndose por la moqueta azulada. Entonces la encontró.

Mi abuela Lola

21 marzo, 2011

La hija de Lola se amoldó a  la incómoda butaca del hospital dispuesta a pasar la noche con su madre. 

Hace días que Lola está enferma, un problema de salud la tiene inmovilizada. No tiene fuerzas para hablar y, a veces, se aferra a la mano de su hija y la mira fijamente con sus ojos, y ella entiende que en aquella profundidad azul le suplica que la deje marchar, que ya llegó su hora. 

Rosa, la hija, está inquieta y no puede dormir. A intervalos de tiempo observa el pecho de su madre para comprobar que sigue respirando, luego se vuelve a hundir en la lectura banal de una revista del corazón mientras se mira por dentro y reflexiona. En realidad desea abrazarla pero su carácter frío se lo impide. Recuerda los besos que le daba de pequeña y añora el tacto de su mejilla, ahora agrietada con el tiempo. 

Son las dos de la madrugada y Rosa se levanta para estirar las piernas. La luz tenue de la habitación hace que el ambiente sea cálido y familiar. El pelo blanco de Lola parece reflejar la claridad de la luna. Inmóviles, las sombras de los objetos se sujetan a las paredes con fuerza, como si ya conocieran el áspero desenlace. Rosa, por décima vez, fija la mirada en el pecho de su madre. No respira, piensa. No respira. Espera unos segundos que se tornan eternos. Nada, no respira. Se acerca nerviosa al rostro de su madre, que ya se echó a dormir en el infinito. No puede ser, hace unos minutos respiraba. Grita llamando a la enfermera y se abraza a Lola con fuerza y encuentra su mejilla arrugada, y la besa. 

 

A la de tres

1 febrero, 2011

 

  • Uno, dos, ¡tres!

Entonces nos lanzábamos al vacío. En realidad no se trataba de un vacío corriente pero yo nunca me sentí más libre.

Jose, que iba al volante, soltaba los frenos a la vez que gritaba: ¡tres! Y nos desprendíamos cuesta abajo. Yo iba detrás y en el medio, Gloria, sentada en el sillín. Notábamos el viento frío goleando nuestros rostros. El pelo volaba a su antojo mientras, aguantando la respiración, nos deslizábamos entre coches y autobuses. La adrenalina dominaba nuestros cuerpos y los ojos se nos salían del sitio. Semáforo. Farola. Coche rojo. Coche blanco. Mil colores nos sacudían lateralmente y todo se convertía en un arcoíris móvil.

Luego llegaba la curva. Y la rotonda. Jose apretaba suavemente los frenos y todos girábamos a la izquierda. Iglesia, parque, fuente. Plaza. Y todo volvía a su sitio. Cada músculo, cada sensación y cada uno de los objetos y lugares de nuestro alrededor se paraban de golpe con nosotros.

  • ¡Venga! ¡Otra vez!


Una vez tuve un amigo

12 enero, 2011

Se llamaba Edu y éramos inseparables. Nos conocíamos a la perfección y cuando jugábamos parecía que nuestras mentes se mimetizaban y los juegos se convertían en auténticas aventuras. A Edu le encantaba construir cabañas, cuanto más grandes mejor, pero lo que realmente nos apasionaba eran los bichos y cualquier ser que tuviera dos cabezas, cuatro brazos o seis lenguas. Muchas tardes las pasábamos hundiendo nuestras manos en el barro con la intención de cazar lombrices. Cuando atrapábamos alguna la metíamos en un recipiente de cristal. Luego la observábamos durante un rato y al final el pequeño animalillo era liberado y devuelto a su lugar de origen.

Yo sabía que aquel momento tenía que llegar. Cuando Edu cumplió los diez empezó a jugar con otros niños. Tuve la suerte de que se despidiera de mí. Sus últimas palabras fueron directas y concisas: “no debo jugar más contigo, todos dicen que no eres real, pero no te preocupes, sigues siendo mi mejor amigo”.

Microrrelato escrito para el concurso que realiza la Editorial Hipálage.  El tema debe girar en torno a la amistad.

Policías y ladrones

30 diciembre, 2010

Llegó a la esquina, apretó fuerte las mandíbulas y empezó a correr.  Cruzó el puente rojo para llegar al barrio donde había pasado su infancia, giró a la derecha y se encaminó al descampado. Conocía bien el barrio, eso la tranquilizó. El ritmo de su respiración fue disminuyendo. En aquellos suburbios había jugado de pequeña a policías y ladrones. Hoy el juego era una realidad. Atravesó la calle y al llegar a la puerta de la iglesia se encontró con la estatua. Entristecida, la observó unos segundos, luego reaccionó y se coló por una rendija de la parte inferior del monumento. Esperó. Pasados veinte minutos pudo ver unas piernas a través de los barrotes.  Cogió aire. Con lágrimas en los ojos y en silencio, salió. De frente se topó con El Chanclas. Sin mirarle a los ojos le enseñó la placa y dijo: “Lo siento, me tocó ser policía”

Este micro pàrticipó (sin éxito) en e concurso del blog Escritor errante. A seguir intentándolo!

Trampas

16 diciembre, 2010

No le hizo falta ningún motivo para hacerlo. Rompió todas las reglas que estaban pactadas y, después de contar mentalmente, se la comió. Yo todavía no había conseguido ni salir y Rocío estaba paralizada por culpa de otra de sus muchas artimañas. Antón intentó desde el principio escapar a todas sus habilidades pero no consiguió salvarse. De nuevo, Roi, nos volvió a ganar al parchís.

Retrato de sí mismo

15 diciembre, 2010

Al día siguiente apenas recordaba la noche anterior. La habitación apestaba a resaca y un vómito se retorcía en la alfombra como si tuviese vida propia. No era difícil imaginar lo que allí había sucedido pero era incapaz de reconocer el lugar. Todo estaba cubierto con mantas y había un pequeño baúl barnizado en la esquina del salón. Encima de la mesa una cajetilla de tabaco. Un vibrador rosa dominaba aquella fracción de espacio. Volvió la cabeza y allí estaba ella. La desconocida. La amante perfecta.

Le gustaría saber su nombre o dónde trabajaba pero solo era un sentimiento pasajero.

Siguió deambulando por la casa. Cuando ya se había alejado de la habitación empezó a sentirse vacío. Abrió la puerta que tenía enfrente y de pronto se sintió egoísta. Un espejo colgaba de lo alto de la pared. No tuvo más remedio que mirarse y se encontró.

Aquella era su casa.

Y aquella su mujer.

Microrrelato publicado en el blog “La esfera cultural”