El zorro

4 marzo, 2011

Salió, un día, un zorro de su covacha a la salida del sol. Miró a su sombra y dijo: “Hoy almorzaré un camello.” Y se fue en busca de un camello hasta el mediodía, sin dar con su presa. Miró en aquel momento a su sombra y dijo para sí, asombrado: “Bueno, me bastará una rata.”

G.Jalil Gibrán

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Última fase

1 marzo, 2011

Última fase

Relato publicado en la revista The Barcelona Review

The End

11 febrero, 2011

 

Foto por Iria L.

Foto por Iria L.

 

Y llegó el día en el que los hombres dejaron de tener nuevas ideas.

Pañuelos

10 febrero, 2011

 

Un fama es muy rico y tiene sirvienta. Este fama usa un pañuelo y lo tira al cesto de los papeles. Usa otro, y lo tira al cesto. Va tirando al cesto todos los pañuelos usados. Cuando se le acaban, compra otra caja. La sirvienta recoge los pañuelos y los guarda para ella. Como está muy sorprendida por la conducta del fama, un día no puede contenerse y le pregunta si verdaderamente los pañuelos son para tirar. -Gran idiota- dice el fama, no había que preguntar. Desde ahora lavarás mis pañuelos y yo ahorraré dinero.

Historias de Cronopios y de Famas . Julio Cortázar

A la de tres

1 febrero, 2011

 

  • Uno, dos, ¡tres!

Entonces nos lanzábamos al vacío. En realidad no se trataba de un vacío corriente pero yo nunca me sentí más libre.

Jose, que iba al volante, soltaba los frenos a la vez que gritaba: ¡tres! Y nos desprendíamos cuesta abajo. Yo iba detrás y en el medio, Gloria, sentada en el sillín. Notábamos el viento frío goleando nuestros rostros. El pelo volaba a su antojo mientras, aguantando la respiración, nos deslizábamos entre coches y autobuses. La adrenalina dominaba nuestros cuerpos y los ojos se nos salían del sitio. Semáforo. Farola. Coche rojo. Coche blanco. Mil colores nos sacudían lateralmente y todo se convertía en un arcoíris móvil.

Luego llegaba la curva. Y la rotonda. Jose apretaba suavemente los frenos y todos girábamos a la izquierda. Iglesia, parque, fuente. Plaza. Y todo volvía a su sitio. Cada músculo, cada sensación y cada uno de los objetos y lugares de nuestro alrededor se paraban de golpe con nosotros.

  • ¡Venga! ¡Otra vez!


Regreso al hogar

26 enero, 2011

Al regresar, atravieso el zaguán y miro en derredor. Es el viejo cortijo de mi padre. El charco en el medio. Entremezclados objetos viejos e inservibles cierran el paso hacia la escalera del grane¬ro. El gato acecha desde la baranda. Un trapo desgarrado, atado alguna vez a una barra, mientras alguien jugaba, se agita al viento. He llega¬do. ¿Quién me recibirá? ¿Quién espera tras de la puerta de la cocina? La chimenea humea, están preparando el café para la cena. ¿Sientes la intimidad, te encuentras como en tu casa? No lo sé, no estoy seguro. Es, la casa de mi padre pero todos están uno junto al otro, fríamente, como si estuviesen ocupados en sus asuntos, que en parte he olvidado y en parte no he conocido jamás. ¿De qué puedo servirles, qué soy pa¬ra ellos, aun siendo el hijo de mi padre, el hijo del viejo propietario ru¬ral? Y no me atrevo a llamar a la puerta de la cocina, y sólo escucho desde lejos, sólo desde lejos tenso sobre mis pies, pero de manera tal que no me puedan sorprender escuchando. Y porque escucho desde le¬jos no oigo nada, salvo una leve campanada de reloj, que quizá sólo creo oír, llegándome desde los días de la infancia. Lo que además ocu¬rre en la cocina es un secreto que los que allí están sentados me¬ocultan. Cuanto más se titubea ante la puerta, más extraño se siente uno. ¿Qué tal si ahora alguien la abriese y me hiciese una pregunta? ¿Acaso yo mismo no estaría entonces, como alguien que quiere ocultar su secreto?

Fran Kafka

Foto por: Iria L.

Foto por: Iria L.

He trabajado ocho años en una empresa, sé muy bien lo que me digo. Durante esos ocho años malgasté mi vida allí dentro. Desperdicié mis mejores años. Durante esos ocho años aguanté mucho. Pero de no haber existido ese largo período, tal vez el bar no habría tenido tanto éxtito. Eso es lo que creo. Me gusta este trabajo. Ahora tengo dos locales. Pero a veces me parece que son dos jardines imaginarios que he creado en mi cabeza. Unos jardines de ensueño. En ellos he plantado flores, he instalado fuentes. Los he creado con sumo cuidado, parecen muy reales. La gente viene, bebe, escucha música, habla y luego se va. ¿Y por qué crees que, noche tras noche, tanta gente se gasta tanto dinero vivniendo a tomar una copa aquí? Pues porque todo el mundo, en mayor o menor medida, busca un lugar imaginario. Y la gente viene aquí para ver un jardín fantástico creado de forma exquisita que parece flotar en el aire y para verse a sí misma incluída dentro de esa escena.

Al sur de la frontera, al oeste del Sol (1992), Haruki Murakami.